Tal vez algún día

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Con la llegada del mes de septiembre, vamos asomando la patita poco a poco por los blogs, para muchos se terminaron las vacaciones y para otros aún están por llegar.

Como ves yo ya estoy de vuelta a la rutina, aunque no de cocina, este verano tenía muchas ideas y lo cierto es que no he llevado acabo ni una sola en cuanto a recetas se refiere, he echado mano a las cosas rápidas para así poder disfrutar de otras cosas y personas.

Lo cierto es que esta historia que hoy te presento, se quedó en el tintero antes de irme de vacaciones, me gusta escribir, no sé si lo hago bien o mal, pero me gusta, aunque nunca lo había hecho por encargo.

Te explico, esta historia es la presentación de un Proyecto que realizó mi hija junto a sus compañeros para la asignatura Iniciativa Empresarial, me pidieron que escribiera dicha presentación y yo encantada.

Dicho esto, te dejo con la historia a ver sí te gusta.

Me alegra estar aquí de nuevo.

En todas las ciudades existen edificios que nos gusta visitar: catedrales, museos etc… Pero hay uno en particular que a nadie gusta, a no ser que sea necesario, estoy hablando del hospital, que en todas las ciudades hay uno o varios dependiendo de sus habitantes.

Pues bien, la historia de hoy transcurre en uno de estos hospitales de una ciudad cualquiera, más concretamente en el ala de oncología y, si concretamos más, en la planta de oncología infantil y, si todavía quieres que sea más preciso, nos iremos a la última habitación del pasillo a mano derecha.

En ella conviven cuatro niños de edades comprendidas entre los seis y diez años. Son dos niños y dos niñas a los que, como a cualquier niño, les gusta jugar, reír y divertirse, si bien en estos momentos todo esto se ha visto algo reducido. Estos niños son ángeles que han cambiado su rumbo durante una temporada, una temporada en la que conocerán el dolor y esa sensación de soledad que a veces tanto les asusta. Ellos son felices a su manera, se abstraen de ese universo en el que viven actualmente y juegan a que viven en el otro, pero esto no les debería estar ocurriendo.

Esa mañana, la pequeña del grupo sentada en la cama con los pies colgando a dos palmos del suelo, no decía nada, parecía que estaba absorta, pero no, estaba escuchando las risas, gritos y juegos de un colegio cercano; el compañero de la cama de al lado estaba limpiándose las gafas para levantarse y los de las camas de enfrente, se habían tapado con las mantas para no oír la diversión de la que ellos no podían ser partícipes.

La pequeña se levantó para acercarse a la ventana, se puso de puntillas y los vio a lo lejos corriendo y chillando, pensó que le gustaría estar ahí, de la mano de su madre, darle un beso de despedida y salir corriendo con la mochila a cuestas y su almuerzo bien envuelto. Se lo contó a sus compañeros y todos dijeron que sentían lo mismo.

En el centro de las cuatro camas de la habitación, había una mesa cortada en cuatro partes, cada parte pintada de un color distinto a juego con las sillas. Las normas eran un color para cada niño, pero a ellos les gustaba cambiar las sillas de sitio y así hacer enfadar a las enfermeras, que les reprendían entre risas mientras los niños saltaban alrededor de ellas riéndose y cantando que no habían sido ellos, que alguien había entrado durante la noche y las había cambiado.

Mientras desayunaban, como cada mañana, esperaban con ansia la visita del “Doctor Sonrisas” (como a ellos les gustaba llamarlo). Era un hombre corpulento, entrado en años y en algún que otro kilo, pero con una expresión afable y una sonrisa que iluminaba los rostros de los niños. Cada mañana cuando oían sus pasos, los niños corrían a esconderse, así cuando el “Doctor Sonrisas” entraba, gritaba ¡Enfermera, los niños no están! Ellos se tapaban la boca para no dejar escapar su risa y el doctor, uno a uno los iba sacando de su escondite para acabar en el sillón con ellos sentados en su regazo.

Esa mañana no fue distinta, solo que el doctor notó un manto de tristeza en la más pequeña, que le dijo entre sollozos que quería ser normal y hacer lo que sus amigos hacían y ella no podía. Al doctor se le encogió el corazón al ver a los cuatro niños tristes, no era la primera vez que le pasaba, pero cada una de ellas era como una punzada en el corazón.

Esa misma tarde, mientras estaba en su despacho se acordó de la expresión de sus niños, no sabía qué hacer para alegrarles su estancia. Salió y fue directo a la habitación, la puerta estaba entreabierta y no pudo remediar escuchar la conversación de la pequeña con sus padres que, entre sollozos, les decía que no quería estar ahí, que quería correr, saltar y subir a los columpios, que quería ser normal. Su padre le cogió el rostro lagrimoso, se lo secó y le dijo que ella nunca sería una niña normal, que era mucho mejor, que era una heroína con súper poderes, a lo que la niña con una sonrisa le respondió que para que le servían sus súper poderes ahí encerrada.

El Doctor Sonrisas desanduvo el camino a su despacho entre lágrimas, tenía que encontrar una solución para esta situación que se repetía una y otra vez y que, a su entender, frenaba la recuperación de sus niños, tenía que haber algo.

Empezó a buscar y buscar, encontró multitud de juegos, algunos al principio le llamaban la atención, pero luego los descartaba por no ser aconsejables o convenientes para estos momentos. Así estuvo durante horas, su esposa lo llamó tres veces, era tarde y él le respondió las tres que estaba buscando algo, que hasta que no lo encontrara, no regresaría.

Bien entrada la noche, encontró algo que llamó su atención, empezó a informarse y cuanto más leía y veía más le gustaba, sabía que alguien en algún lugar debía de haber pensado en ellos, en sus niños. Era un videojuego creado expresamente para ellos, era un hospital lleno de aventuras y retos, donde cada jugador era el personaje, eran héroes, heroínas o infinidad de personajes para elegir.

No pudo resistirse y salió corriendo a decírselo a los niños, los despertó muy despacio para no asustarlos y les contó lo que había descubierto. Les hizo viajar por laberintos formados por habitaciones, bajar por el ascensor hasta la entrada para recoger el objeto que les haría ganar a sus compañeros, los niños aun somnolientos disfrutaban de cada palabra escuchada y se imaginaban siendo protagonistas de sus propias historias.

El Doctor Sonrisas los abrazó y les dijo que a ese juego nunca, nunca podrían jugar los niños que veían fuera, que era su juego, solo para ellos, porque eran tan, tan importantes y valientes que solo ellos serían capaces de superarlo.

Los volvió a meter en la cama entre suplicas y protestas con la promesa de que al día siguiente podrían jugar todo el tiempo que quisieran y cerró la puerta satisfecho.

Al día siguiente cuando regresó a ver a sus niños, los encontró felices y sonrientes, ¡han encontrado una ilusión! se dijo para sus adentros, para acto seguido proporcionarles, a cada uno de ellos en sus dispositivos, el tan ansiado juego. Cuando sus padres salieron del ascensor, solo oyeron risas, aplausos y canciones, ¡no lo podían creer! El doctor los interceptó en el pasillo, los llevó a su despacho y les contó el descubrimiento, explicándoles que, además, si era de su agrado, podrían acceder directamente al historial de su hijo desde una aplicación que acompaña el juego.

No hubo palabras, solo lágrimas retenidas y rostros agradecidos.

Tal vez algún día.
Algún día tal vez.

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9 comentarios

  1. Parece que no podre disfrutar de nuevas recetas tuyas, pero no me importa, he disfrutado mucho más leyendo este relato tan precioso. Muchas gracias por compartirlo.
    Un beso muy grande

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    1. Hola Bruji cariño.
      Las recetas llegarán, mientras disfrutamos de las tuyas, vamos leyendo.
      Un besazo preciosa, me alegra tenerte por aquí.

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  2. Hola mi querida Merche !
    Una historia preciosa que demuestra que la ilusión es necesaria en nuestras vidas, se tenga la edad que se tenga y sobre todo en situaciones adversas.
    Muy bien relatada , me ha encantado , así que no dejes nunca de escribir y compartir para que te leamos y disfrutemos del placer de una buena lectura.
    Besinos.

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    1. Hola querida y admirada Bego.
      Viniendo de ti que eres mí escritora favorita, es todo un cumplido.
      Me alegra que te guste y sí, ilusión hay que tener todos los días de nuestras vidas.
      Un besote muy grande y muchas gracias.

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  3. Qué difícil es meterse en la piel de una persona enferma, más aún si es un niño, por mucho que empaticemos con su causa, es tan dolorosa la impotencia, del querer y no poder.
    Tu relato me gusta, ya sabes que tu estilo narrativo me encanta, lo haces tan real que no parece una historia de ficción, quien sabe, quizá es auténtica como la vida misma, ya que son tantos casos los que nos rodean de circunstancias similares, que no puedo más que darte las gracias por narrarlo de manera tan dulce.
    Me ha venido a la cabeza una frase que oí reciénteme en una historia de una persona que superó un cancer. Durante el proceso de su enfermedad vio pasar todo tan deprisa delante de sus ojos, que a todo lo que le sugerían respondía: “¿Lo hacemos ahora? Ahora mismo.
    Besos y Bienvenida.

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    1. Ay Concha! Siempre es difícil ponerse en la.piel del otro.
      Me alegra mucho que haya gustado y es frase de esa persona malita, deberíamos hacerla nuestra siempre, aunque yo intento.
      Muchas gracias tesoro.
      Un besazo

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  4. Hola Merche, acabo de regresar de vacaciones muy desconectada y retomo las rutinas con este bonito relato tuyo. Necesitamos tener mantener la esperanza doblemente viva y activa cuando se trata de niños. Es durísimo de digerir. Un besazo y bienvenida. Ya sabes que las recetas forzadas no funcionan, llegarán cuando te sientas inspirada para que desprendan tu esencia :-) mientras, con tus fotos y tus relatos ya nos llenas de cosas bonicas :-)

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    1. Hola Mai querida, he estado como tu y me ha sentado genial.
      Me alegra que te hayas gustado y referente a las recetas, la verdad es que no me preocupa, ya llegarán si es que tienen que llegar, mientras disfrutamos.
      Espero y deseo que estéis genial, tengo ganas de charlas contigo, buscamos un hueco.
      Un besazo enorme

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  5. Hola guapa, me alegra volverte a leer, siempre dnos regalas con ese toque de sentimiento unos momentos preciosos. Me has he ho disfrutar de esta corta narración. Me ha encantado. Un fuerte abrazo, amiga. 😚😚😚👏👏

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